jueves, 19 de diciembre de 2013

CANDLEBOX

LUCY (1995)

Dicen que la edad es un estado interior y que si uno se ve con salud y energía no aparenta los años que tiene, y dos de los entretenimientos que hacen que me de cuenta que eso es un tópico de doble filo son el deporte y la música. El baloncesto por un lado me ayuda a notarme bien física y anímicamente al tiempo que me indica que por dentro sigo siendo un chavalín. Por ejemplo esta semana la empecé tras haber participado el día anterior con mi equipo en un torneo benéfico triangular jugando dos partidos casi al completo, despertando sin agujetas y fresco como una lechuga, aunque en honor a la verdad he de decir que en parte me noto ligero también porque comencé hace poco mas de un mes una dieta para bajar un poco de tripa, y además acudo dos veces por semana a jugar pachangas con veteranos a mi antiguo colegio y eso me ha ayudado a estar por fin cerca de mi peso ideal. Sin embargo, analizando lo opuesto del tema, me doy cuenta de que los años pasan volando cuando me vienen recuerdos musicales acompañados de anécdotas sobre la compra de algunos discos o al enterarme de qué ha sido de muchas bandas que en mis tiempos mozos estaban en pleno apogeo y hoy (casi) nadie se acuerda de ellas, además de ponerme a pensar que en poco más de una semana abandono la edad de Cristo para instalarme en esa otra en la que la mayoría de futbolistas pertenecientes a la élite firman su último gran contrato con un club de cualquier liga asiática al que le sobra el dinero, pero esa es otra historia que me hace desviar de lo principal...que es que me invade la nostalgia de recuperar para mis oídos varios álbumes que sonaron mucho en mi adolescencia. Total que miro atrás y veo que me he hecho mayor en un suspiro, con lo que insisto en que ese simpático a la par que recurrente consuelo sobre la longevidad me parece un placebo que no se ajusta del todo a la realidad.

Echo un ojo a mis viejos cedés y cassettes de adolescencia y esbozo una sonrisa de placer porque siguen ahí, intactos, vivos en mi memoria y sonando radiantes cada vez que me los pongo de fondo para recordar lo productiva que fue la década de los 90's, en la que empecé a asentar mis gustos pasando gratos momentos con muchos de mis grupos añorados como banda sonora. Son tantos los artistas y bandas que han ido desapareciendo del mapa o simplemente pasando a formar parte del olvido colectivo que lo mínimo que puedo hacer desde este pequeño rincón, es reivindicar su importancia y seguir intentando que al menos para los visitantes de esta humilde morada sigan estando de rabiosa actualidad, porque después de todo como dice mi buen amigo Bboyz (al que desde aquí mando un fuerte abrazo con la ilusión de saber que emprende una próspera recuperación de salud), este arte no entiende de épocas, porque si el material es bueno no tiene fechas limite. Casi siempre posteo referencias del pasado y en especial de esos últimos años del anterior milenio porque me siento muy a gusto mientras suelto mis descripciones emocionales sobre los recuerdos que me traen aquellas canciones, pero también porque mantengo vivo en mi memoria el instante en el que las oí por primera vez y hasta el momento de comprar el disco en cuestión.

En el caso 'Lucy', el trabajo de Candlebox que quiero destripar hoy, fue como un amor a primera vista con su portada enigmática en la que una anciana vestida de arlequín me miró desde la profundidad oscura de su antifaz con una llamativa etiqueta naranja incrustada a su lado que marcando un precio módico de quinientas pesetas se presentaba dentro de una cinta del cajón de ofertas. Me había acercado con un amigo a la entonces reputada y recién estrenada tienda Virgin Megastore que había situada en el centro de la ciudad, con la intención de echar un ojo y comprar algo a buen precio, aunque lo segundo era más cosa del colega porque yo andaba más pelado que un pavo servido en cualquier mesa familiar americana en día de acción de gracias. La cosa es que me fui de allí con ese álbum bajo el brazo porque era una ganga siendo que era una novedad, pero entonces el formato compact-disc estaba en pleno auge y los cassettes habían descendido muchísimo, beneficio óptimo para mi que era consumidor por carecer de reproductor de cd's en la adolescencia.

Los de Seattle (Washington), se convirtieron desde la inicial toma de contacto en una de mis fijaciones sonoras. Había leído sobre ellos que eran abanderados de nuevo post-grunge, cosa que me parecía estúpida porque era un estilo que los críticos se habían sacado de la chistera para crear una etiqueta más, una falsedad atroz en el momento, ya que para mi, el hecho de que Kurt Cobain hubiera muerto unos meses antes no tenia porque significar que la defunción consiguiente de Nirvana trajera consigo la del género en su totalidad. El grunge seguía su camino tal y como lo había emprendido antes de la fundación del grupo del rubiales, pero esa caza de brujas que sufrieron los presuntos secundarios por parte de la prensa hizo que gente como Paw, Seaweed, Tad, Seven Mary Three o los protagonistas de este texto, fueran englobados bajo ese apelativo deleznable. Independientemente de como se describiera su propuesta, Candlebox dejaron tres brillantes obras antes de entrar en un hiato que se prolongó diez años para volver con dos plásticos en los últimos cinco años que han pasado bastante desapercibidos (las reuniones no siempre son triunfales) y de esa primera etapa quiero resaltar la calidad de el que fue su segundo álbum, que evolucionó a la sombra de su aclamado debut homónimo, el cual para muchos es su mejor logro, pero no para este humilde servidor que aprecia más, aunque de un modo sentimental, su siguiente paso. Esporádicas pinceladas de blues, hard-rock, jazz y glam de talante metaálico, cubrían de matices los poros de su maquinaria estilística consiguiendo cautivar con una base rítmica abierta y las coordenadas propias del movimiento en el que siempre estuvieron encuadrados. Bajo y batería marcando la línea, una voz muy personal, quebrada, enérgica, potente y unas guitarras musculosas dotaban de fuerza piezas tan exquisitas como "Simple lessons", mi favorita del lote y tal vez una de mis canciones preferidas de siempre, aguerrida, imponente, rabiosa, un hit en toda regla, casi un himno generacional y oda a la actitud, "Drowned", melancólica pero sin desfallecer en su rudeza, con un estribillo poderoso y unos riffs electrizantes, un corte que guarda muchas similitudes con el discurso de Satchel y por lo tanto con el de Brad, "Lucy", pista titular, un medio tiempo suave en sus compases iniciales y unos acordes pesados que rellenan los recovecos accesibles de magia carnosa acercándose a los Soundgarden de 'Down on the upside', la veloz "Best friend", que enfoca su mirada al lado melódico de los Mother Love Bone que posteriormente resplandeció en el corazón de Pearl Jam, "Understanding", cuyo videoclip dirigió el reputado cineasta Gus Van Sant, un tema oscuro y sobrio con unas estrofas cargadas de inconformismo, "Crooked halo", una de las mejores del disco, de hecho al escucharla las nuevas generaciones posiblemente piensen que es una mezcla entre lo que hacen A Perfect Circle y Audioslave, "Bothered", cruzando la frontera que limita el rock'n'roll con el nu-metal de Disturbed, y "Vulgar before me", tenue final en el que la nitidez y pulcritud de los acordes iluminan el intimismo de una pieza lenta y delicada hasta acariciar los encantos de la tristeza.

La banda que empezó bajo el nombre Uncle Duke y cambio al actual inpirándose en un tema de los australianos Midnight Oil, estaba formada por los hermanos Kevin Martin, Scott Mercado, Bardi Martin y Peter Klett, teniendo como invitados en este trabajo a Kelly Gray y Randy Gaine. Como curiosidad decir que su primer contraro discográfico lo firmaron para Maverick, sello propiedad de Madonna.

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