lunes, 11 de agosto de 2014

EXITMUSIC

PASSAGE (2012)

Cambio de tercio estilístico aunque sin abandonar las voces femeninas con personalidad. Hoy toca brumosidad, atmósferas tejidas sobre celofán y terciopelo de color burdeos, dream-pop etéreo, construido en una superficie cubierta de tonalidades electrónicas intemporales, para dar un toque totalmente genuino a un proyecto proveniente de Brooklyn (New York), compuesto por un músico y una actriz, que tienen un ojo puesto en el imaginario de gente como Portishead, Radiohead, Sigur Rós o Beach House, y otro en el legado de Mazzy Star y Cocteau Twins. Un trabajo concreto, 'Passage', su debut para una discográfica tal como Secretly Canadian (caballo ganador en estas lides), tras un primer lanzamiento autoeditado, titulado 'Decline of the west', y un EP, ya bajo el amparo del sello, al que bautizaron como 'From silence', es el que me sirve como motivación para escribir estas líneas y animarme a buscar las palabras adecuadas para hacer que le apetezca escucharlo al ávido lector que todavía no haya disfrutado de su propuesta, la cual todavía no ha alcanzado una consolidación absoluta, pero que se presume creciente si sus autores dedican tiempo suficiente como para que se convierta en una prioridad por encima del resto de sus facetas artísticas.

Y es que como comentaba antes, Exitmusic es el capricho musical de Aleksa Palladino, una interprete de reparto que en los últimos tiempos se ha hecho medianamente popular por su aparición en la serie 'Boardwalk empire' y su breve periplo como invitada en 'Los Soprano, en cuyo currículum vitae figuran pequeños papeles en películas como la cruda 'Cosas que no se olvidan', del siempre polémico y transgresor Todd Solondz, 'Antes que el diablo sepa que has muerto', del tristemente desaparecido Sidney Lumet, donde compartía escenas con el incomparable Phillip Seymour Hoffman, o 'Manny y Lo', en la que además de debutar, realizó su primer y único personaje protagonista hasta la fecha, además de compartir las secuencias principales con otra dama reconvertida a cantante a posterioridad, la afamada Scarlett Johansson. Y claro, como no podía ser de otra forma, las comparaciones surgen con la diva neoyorquina, porque sus carreras han progresado de un modo muy distinto incluso en lo musical, a pesar de que el talento de nuestra heroína del post que nos ocupa, sea bastante superior en este campo.

De hecho ella tuvo interés en desarrollar sus dotes para el canto y la instrumentación a temprana edad, incluso antes de comenzar a actuar profesionalmente y presentarse a castings para trabajar en filmes de bajo presupuesto. De casta le venía al galgo porque en la adolescencia escribía canciones con el deseo de que algún día llegaran a plasmarse en formato oficial, mientras su madre se ganaba la vida cantando ópera y sus abuelos eran pintores. Una familia de creadores inquietos, que evidentemente sirvieron de influencia para esta muchacha que rápido se animó a componer junto al que después sería su marido y compañero de viaje en esta exquisita aventura, Devon Church, quien también es otro trasero de mal asiento, un intrépido que antes de conocerla había vivido en la India y Taiwán, donde desarrollo sus conceptos y percepción sonora. Experimentaron con su grabadora de cuatro pistas, construyendo capas y arreglos celestes, evolucionaron en el entendimiento del software para echar mano de las nuevas tecnologías, y se lanzaron al ruedo del directo y la búsqueda de hogar discográfico al mudarse a Los Ángeles (California), con el objetivo prioritario de buscarse las abichuelas en la rama cinematográfica, pero con la sana ilusión de hacer progresar las miras de su plan armónico.

Fue un movimiento audaz, puesto que allí se les abrirían las puertas de par en par para que su mensaje llegara a oídos de la industria y entrara de lleno en el circuito de salas californiano. Unos años después, con la trayectoria de la vocalista y emergente estrella televisiva en su culmen gracias a su alter-ego, Angela Darmody, esposa en la ficción de Michael Pitt en el brillante drama mafioso ambientado en los años 20's y que ofrece la prestigiosa HBO, el dúo está centrado en su labor conjunta con la calma de los que no necesitan hacer cuentas a fin de mes con lo que le da su primordial afición. Eso se percibe en la líneas imaginarias que transcriben este fascinante tratado que fue grabado en pleno rodaje y emisión de su faceta más popular. El contenido es fabuloso, personal e intransferible, sin medias tintas, o te atrapa o te incomoda. Se apoya en melodías polifónicas transgénicas, una voz sin parangón, andrógina en cierto manera (cuesta diferenciar sin saberlo de antemano, si se trata de un registro masculino o femenino), algo que choca con la delicadeza del aspecto de su anatomía, y aparte de ese gancho que sin duda es el punto fuerte de esta propuesta, está la destreza instrumental, los horizontes que maneja el bueno de Devon a su antojo, dando muestras de una inteligencia ideal como complemento.

Todo se traduce en piezas tan herméticas como la homónima que abre el disco, repleta de sonidos ricos en elucubraciones, con un respirar que emula una emoción contenida, de significativa épica, como un boomerang de sensaciones que abre huecos para asomar la cabeza en espacios de desatada nostalgia, un inicio prosaico y furioso que pasa por ser solo la punta de lanza de unas pistas llenas de mal humor, versos susurrantes oscuros y coros al alza. Sin embargo a medida que avanzan sus minutos uno va disfrutando de una rara caricia de esperanza durante la escucha. Para comprobarlo es necesario oír "The night", con su ritmo reiterativo y el uso de las voces como un aparatejo más, antítesis de "The city", que es mucho más tristona y densa, pero cabe decir que son muy afines porque en boca de Palladino, se convierten en belleza íntima, algo que muy posiblemente solo Victoria Legrand, consigue dentro de estos géneros en los que se manejan ambas. A partir de ahí, superados los primeros compases del álbum, su gutural vibrato cubre todo, dejando en un segundo plano lo demás. La machacona y afligida "White noise", corrosiva en comedidos soplos de distorsión a colación de los numerosos pedales de efectos que utilizan, "Storms", cercana a los primeros M83 y es que sus pinceladas electrónicas tienen un embriagador aroma francés que no le hace ascos al shoegaze, "The wanting", que al son de las teclas de un piano cristalino, puede traer a la memoria a Broken Social Scene cuando los canadienses se recrean, y "The cold", mi indiscutible favorita, una proeza sonora que eriza el vello y es capaz de hacer volar al oyente (al menos conmigo lo consigue...en esencia, claro) y que fue con la que supe de su existencia, al aparecer en el último episodio de la recién acabada cuarta temporada de la versión estadounidense de la serie 'Shameless', durante una escena escalofriante por su carga emocional y que me es imposible desasociar de lo que representa este tema. Todo raya al mismo nivel y eso es de agradecer, con lo que solo me queda decir que este es una obra redonda.

El feliz matrimonio compuesto por Aleksa Palladino y Devon Church, tuvo la ayuda en el estudio de Dru Prentiss (ex-miembro de Zaza, proyecto que montó Jennifer Fraser tras su salida de los psicodélicos The Warlocks) y Nick Shelestak.

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